RESINERO
Felipe García.
Repasando los días de mi vida laboral que he concluido este año con mi jubilación, me doy cuenta de la coincidencia de que inicié ésta, con la misma edad que hoy tiene mi nieta, con el oficio de resinero. Heredado este de generación en generación en mi familia. Por aquel entonces se utilizaba el método “a vida” que consistía en abrir una sola cara en el pino intentando obtener una renta anual en resina, y por ello, a mis diez años estaba tan acostumbrado a ver como trabajaba mi padre, que no me fue difícil adquirir agilidad y habilidad con las herramientas propias de la actividad. Otro método que nosotros no utilizábamos, era “a muerte” que se fundaba en abrir a la vez todas las caras posibles en el mismo pino, con el fin de producir la mayor cantidad de resina en el menor tiempo, pero de esta forma moría y solo servia para madera.
En aquellos tiempos éramos propietarios en los términos de Cantalejo, Navalilla y Sebulcor de 35 pinares de Pinus Pinaster o Pino Resinero, árbol que puede alcanzar más de 25 mts. de altura, de corteza marrón rojiza muy gruesa y con piñas grandes, que junto con los que teníamos arrendados hacían un total de entre 3500 a 4000 pinos idóneos para coger la resina o miera, puesto que según las Normas del Sistema de Resinación, tenían que tener un diámetro mínimo de 35cm o más de 40 años de vida.
La temporada comenzaba a principios de marzo y de madrugada enganchábamos al burro la botilla de vino, la botija de agua, los serones o alforjas bien llenos de comida para pasar todo el día y junto con toda la herramienta salíamos caminando hasta llegar al pinar por el que empezaríamos “la mata” que se basaba en dar una vuelta completa a todos los pinares para volver al de inicio, recorriendo un promedio de 30 a 35 Km. diarios y tardando un total de 3 a 4 días.
A estos pinos se les preparaba primero con el desroñe que consistía en retirar con un hacha la corteza de una superficie en forma rectangular de 30 X 60 cm. a partir del nivel del suelo, después se hacia una hendidura en el tronco con la media luna para colocar la chapa, una pequeña placa fina de zinc o hierro galvanizado por donde resbala la miera para ir a caer al pote de barro, que era el recipiente de 600 a 800 cc que recogía la resina y que se colocaba con una punta o se dejaba a ras del suelo.
Una vez concluida la instalación por toda la mata, se iniciaba de nuevo el recorrido poniendo ahora sobre el pote una tabla o chapa para que no cayera nada en ellos, y de nuevo árbol por árbol, se realiza la primera pica o remondada con la azuela o escoda, que esta debía estar más afilada en las alas laterales que en la parte central, para facilitar la salida a las finas láminas de madera llamadas virutas o serojas, dando forma a la cara de resinación con una profundidad de 0,87 a 1,75 cm. con un ancho no superior a 12 cm. y abriendo canales en sentido vertical en forma de V. Las entalladuras o conjunto de picas debían hacerse muy perfectas y unidas entre sí consecutivamente, montando algunos milímetros sobre la anterior, para evitar que se formasen escaleras en el tronco debiendo de tener cuidado de no salirse de las guías y desviar la miera del pote.
La frecuencia de ir a remondar seria de 4 veces a cada árbol y al cabo de 15 a 20 días se podía coger la miera de toda la mata para lo cual necesitábamos, a toda la familia más tres personas que estaban a jornal. Para esos 3 o 4 días se llevaba el carro con 6 barricas de madera de 200kg, dejándolas en el pinar y llenándolas con las latas, siendo este un utensilio cuadrado y con un asa para facilitar su manejo, al cual se le iba echando la miera procedente de los potes retirándola de las paredes con la paleta. Las manos se nos ponían negras y pegajosas teniendo que recurrir a los polvos de sosa. Una vez terminábamos se traían las cubas y se dejaban a la entrada del pueblo donde tuviese mejor acceso el camión que más tarde transportaría las barricas a las factorías para hacer los derivados como barnices, jabones, perfumes, pomadas...
La campaña se cerraba por noviembre, con 5 entalladuras y un total de 50 picas o remondadas por árbol, produciendo entre 4 o 5 Kg. de miera y consiguiendo una altura de 40 a 50 cm por temporada, de forma que a los 5 años llegaban a medir de 2 a 2,5 m, que era el tiempo que tardaba en formarse una cara y algunos los mas gruesos llegaban a tener hasta 8 caras.
El calor del verano influía de manera notable en las veces que había que recoger la miera en la temporada, ya que el pino produce más resina que en primavera o que en otoño, siendo aproximadamente 9 las recogidas al año y en la última remesa se iba quitando con la raedera todo el barrasco o raedura que se formaba a consecuencia del tiempo, solidificándose y endureciéndose siendo así de peor calidad.
Llegado el invierno realizábamos tareas de limpieza en los pinares, recogíamos leña, cuidábamos y olivábamos los pimpollos y con el tronzador derribábamos aquellos que se secaban o eran quemados por los rayos de las tormentas, que en aquellos tiempos se formaban muy en a menudo y a las que yo personalmente tenia gran respeto, por no decir miedo, por el sonido tan aterrador que se producía entre los pinos.
Los pinares segovianos llegaron a ser los mayores productores de miera con un rendimiento casi dos veces superior a la media nacional llegando a obtener España unos 50 millones de Kg. en resina, hasta que el petróleo y otros productos que hay en el mercado han sustituido a la resina o miera, dejando de ser Segovia la mayor productora.
La extracción de la miera era una tarea solitaria y triste, estábamos muy poco con la familia y con los vecinos ya que se salía al amanecer y se volvía a la puesta de sol, aunque intentábamos los domingos venir un poco antes y hacer fiesta el día de la Ascensión, el Corpus, el 25 de julio Santiago de Compostela y el 15 de agosto Nuestra Señora de la Asunción. Tanto tiempo lo dedicábamos, que conocía los pinares al milímetro, por la forma de los pinos y del pinar sabia exactamente donde me encontraba, incluso cuando anochecía caminaba entre ellos sin miedo a perderme.
Hoy en día puede que me pierda... pero sigo llevando a mis nietos a pasear por los pinares para que disfruten del olor y sonido tan particular que tiene la naturaleza.
Hace tiempo leí: “ Solo podemos proteger aquello que amamos, y sólo podemos amar aquello que conocemos”.....La belleza de un monte o de un pinar debería ser suficiente para hacernos sentir el deseo de cuidarlo y conservarlo puesto que necesita más de cien años para llegar a ser un buen pino resinero.